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  • juanjovergara

Si no me compromete no es un proyecto

Actualizado: 13 ene



Vivimos tiempos de reforma educativa y el foco se ha puesto en la necesidad de aprendizaje de las competencias clave para habitar el mundo actual y construir el futuro. Esto es una buena noticia. El marco metodológico que lo permite tiene un nombre y un apellido. El nombre son las llamadas “metodologías activas” y el apellido “el aprendizaje basado en proyectos”.


Desde hace varias décadas he tenido ocasión de comprometerme con el ABP en la práctica de decenas de aulas y escuelas. También de escribir sobre el tema[1]. En los últimos tiempos se ha extendido un gran interés en los centros educativos y docentes para formarse en este paraguas metodológico que parece acomodarse a la necesidad de cambio. Es esperanzador ver la tendencia de las escuelas caminar en este sentido creando red, invitando a compartir energías, reflexiones y experiencias de todo tipo.


Debemos celebrar la tendencia e invitar a que sirva para entender que la educación debe comprometerse con el sueño de un mundo que se aleja del colapso, la violencia, la desigualdad y la injusticia. Los proyectos educativos -y los enfoques metodológicos que se implantan- deben comprometer a docentes, alumnado -y comunidad en su conjunto- con el sueño de un mundo habitable y justo. Las llamadas “metodologías activas” no deben ser recursos nuevos para estabilizar los viejos problemas que no han sido resueltos a lo largo de las décadas pasadas.


Es importante que docentes y escuelas sean capaces de ensayar modelos educativos cooperativos, transdisciplinares, en los que la estructura narrativa recorra las experiencias educativas. Unos proyectos que elaboren un modelo de evaluación auténtica en la que los contenidos curriculares se acompañen del desarrollo de habilidades necesarias para dibujar una nueva forma de entender el aprendizaje.


Tras hacerlo es importante que pensemos sobre la finalidad que esta tendencia de cambio metodológico debe protagonizar. O cambiamos la educación para comprometer a alumnado, escuelas y docentes en la necesidad de construir un mundo más justo o solo estaremos diseñando nuevas camisas para viejos cuerpos que perpetúan la desigualdad y el colapso.


Las metodologías activas tienen sentido en la medida que son capaces de enfrentar al aprendiz a su habitar la realidad que vive. Una realidad que se construye gracias a él: el centro del aprendizaje es el alumno. Nada que ver con modelos transmisivos de enseñanza. La educación es un agente fundamental para la construcción de un mundo más justo, más humano. La metodología debe ser un instrumento para conseguirlo. Sin no es así, no tiene sentido.


En definitiva, una educación activa para una ciudadanía que requiere de herramientas que le permitan actuar decididamente en su construcción humana. Esta es la tarea que tenemos en la educación que vivimos en los tiempos que vivimos. Una educación que -con Freire- sirva para cambiar a las personas que cambiarán el mundo.


Frente a la carrera por protagonizar la innovación, creo que lo importante es desplegar una gran capacidad de mirar. La mirada es -posiblemente- la actitud más eficaz a la hora de decidir qué educación protagonizar y cómo llevarla a nuestras aulas.


En su distópica novela -1984- G. Orwell repite un par de veces una sentencia que debemos poner en valor:


“Quién controla el pasado, controla el futuro; el que controla el presente, controla el pasado”.


La historia es solo una entre las posibles. Sin duda, la que nosotros elegimos es la que compromete a sus habitantes a reflexionar sobre las injusticias que nos habitan y emprender una vida que acerque la mirada a la riqueza desigual y el crecimiento insostenible.

Por poner un ejemplo; solamente en India, el número de niños y niñas que no son capaces de leer su nombre es superior a los cincuenta millones. Dos tercios de los niños y niñas en edad escolar del mundo -unos 1.300 millones entre 3 y 17 años- no tienen Internet en sus casas-. No quiero abrumar con los datos. Pero son incuestionables. La educación exige desarrollar la capacidad de mirar el mundo de una forma distinta o asumir que este será un espacio desigual, injusto e inhabitable en pocas décadas. Ya lo es.


Con este ánimo -hace algunos meses- invitamos a un par de decenas de los mejores expertos actuales en educación a que colaboraran en una publicación que tuviera como denominador común la educación y la justicia social. La publicación la coordina el Laboratorio de Innovación Educativa y la Cátedra Unesco de educación para la Justicia Social y verá la luz en los próximos días. Su título es “Miradas que educan. Diálogos sobre educación y justicia social” y en ella escriben más de veinte expertos sobre justicia social, metodologías activas, innovación, democracia, aprendizaje y servicio, derechos humanos, feminismo, colapso medioambiental, pobreza y renta básica, colectivos en riesgo, diálogo norte-sur, paz, inclusión, DUA, educación para el desarrollo, familias y un largo etcétera que esperamos sirva para abrir un debate necesario que conecte irremediablemente la implementación del aprendizaje basado en proyectos y las metodologías activas con el viaje sin retorno a un mundo justo y habitable. El sueño que nos levanta cada día para acudir a nuestras escuelas.


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[1] Quizá los más conocidos son “Aprendo porque quiero. El ABP paso a paso” en 2016, “Narrar el aprendizaje. La fuerza del relato en el ABP” de 2018 y recientemente “Un aula un proyecto. El ABP y la nueva educación a partir de 2020” en 2021. Así como decenas de artículos y colaboraciones que puedes visitar en https://www.juanjovergara.com/publicaciones

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