© Juanjo Vergara.

¡Ojalá viajáramos por el mismo camino!

6 Sep 2015

 

 

Cuando era niño recuerdo la sensación de que solo una de cada diez cosas que mi maestro quería enseñarme, me despertaba hasta el punto de hacerme enderezar la espalda y abrir los ojos como platos.

 

Cuando eso sucedía algo sí recuerdo. Me llevaba a casa el interés por saber sobre eso y hablaba incansable sobre ello con mis padres o aparecía en mis sueños de forma insistente.

 

Recuerdo que poco después de llegar la adolescencia suspendí todas las asignaturas durante varios trimestres. Tras la preocupación de mis padres y varias reprimendas de mi tutora de curso hice el esfuerzo de estudiar aquellas hojas de apuntes que me decían tan importantes. Recuperé las asignaturas suspensas y aprobé el curso. Mis padres y profesores quedaron más tranquilos con aquel esfuerzo que yo viví como una perdida de tiempo.

 

Durante las semanas que estuve memorizando aquellos papeles sentía que estaba perdiendo el tiempo.

 

Y es que el recuerdo que tengo de mi experiencia con el aprendizaje a lo largo de la vida es que solo he sido capaz de centrarme en algo que realmente sintiera que necesitaba aprender.

 

Cuando esto ha sucedido –y sigue sucediendo- siento la necesidad vital de entregarme a ello. Si alguien me desvía de ese interés me encuentro contrariado.

Empezamos curso nuevo y me gusta recordar esta sensación antes de conocer a mis nuevos alumnos. También antes de enfrentarme a las nuevas normas que la Consejería educativa de turno ha decidido redactar para “ordenar el nuevo curso”.

 

Hace varias décadas que soy docente en distintos niveles educativos. Mi trabajo me ha enseñado que las leyes educativas –y lo que es peor, los decretos, órdenes y circulares que las desarrollan- bandean una realidad que muchas veces viajan caminos totalmente desorientados. En estos casos siempre he pensado que la mejor solución es hacer lo que sabía que era mejor para mis alumnos y esperar paciente a que algún día las desorientadas orientaciones legislativas criaran seso suficiente para responder a las necesidades del aprendizaje.

 

Algo así me pasaba cuando era niño. Entonces insistían en que transitara caminos que nada respondían a mis necesidades de aprender. Ahora celebro de mi cabezonería por aprender lo que necesitaba en aquel momento y mi paciencia a la espera de que en algún momento el sistema educativo me daría lo que realmente demandaba.

 

Desde hace años –y ya convertido en un docente con décadas de experiencia- sigo sintiendo lo mismo cada inicio de curso. Sin embargo en los últimos años la sensación se agudiza. Por un lado decenas de docentes, pensadores y expertos en educación insistimos en la necesidad de cambiar el modelo educativo para que responda a una sociedad flexible, creativa, diversa, justa, cambiante, social y abierta. Un cambio que exige reformular el espacio y el tiempo en educación. Los roles. La evaluación y el currículo en su conjunto.

 

Por otro lado asistimos a la estabilización legislativa de un modelo taylorista en educación centrado en la rendición de cuentas, las pruebas externas y la segregación del alumnado en itinerarios académicos de difícil retorno.

 

Así que una vez más, recuerdo mi obsesiva testarudez de ir por el camino que creía que debía y lo aplico a mi trabajo como el docente que soy y que, en definitiva, con quien tiene un compromiso es con mis futuros alumnos.

 

Sería estupendo que viajáramos el mismo camino. Pero la legislación educativa cada vez más se aleja de las necesidades de aprendizaje de los ciudadanos de este siglo. Ojalá volvamos a encontrarnos. No es desobediencia docente, es obediencia inteligente.

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