© Juanjo Vergara.

Hacer transparente la tecnología y visible la innovación

10 Oct 2016

Desde hace algunos años ha sucedido algo sorprendente. Cuando muestro la imagen de un sonriente joven delante de un ordenador y pregunto a un grupo de docentes “¿qué hace?” La respuesta es única: “¡está hablando con sus amigos!”

 

Hace poco tiempo la respuesta era radicalmente distinta: “¡Está con el ordenador!” –me contestaban-. En pocos años la tecnología se ha vuelto transparente incluso para los –que como yo- son inmigrantes digitales.

 

Creo que esto es algo fantástico. No es más que el reflejo de lo que vivimos día a día. Cada uno de nosotros llevamos el mundo en el bolsillo. Cuando sacamos el teléfono y lo miramos todo el mundo sabe que estamos manteniendo una conversación, buscando como llegar rápidamente a la dirección deseada, participando en la difusión de eventos, opiniones o compartiendo experiencias en forma de imágenes, texto o voz.

 

Para que esto suceda hemos debido aprender a utilizar la tecnología. Pero lo que hemos descubierto es que la mejor forma de saber usarla es haciéndolo. Ya nadie lee las instrucciones de cómo se utiliza un teléfono, un ordenador o una tableta –entre otras cosas porque ya no vienen con instrucciones-. Tampoco lo hacemos cuando compramos una lavadora o un microondas. Simplemente lo usamos. Experimentamos con la tecnología cuando necesitamos que responda a nuestras necesidades y también exploramos con ella en busca de experiencias deseadas.

 

En educación hemos recorrido un camino parecido. La introducción de la tecnología en el aprendizaje comenzó con una fuerte inversión en programas de formación para el manejo de las tecnologías. Aún hoy decenas de organismos siguen centrando su oferta formativa en el uso de tal o cual dispostivo –tablet, teléfonos, pizarras digitales, etc.- y del software asociado –aplicaciones, programas, portales de contenidos, etc.-. Se equivocan.

 

La introducción de la tecnología en el aprendizaje solo se producirá cuando esta se convierta en algo transparente. Un medio más por el que circula la reflexión sobre qué cambios hay que producir en el aprendizaje. Es este el meollo de la cuestión.

 

Que la tecnología está presente en todos y cada uno de los momentos del aprendizaje es innegable. La conectividad juega un papel fundamental en ellos. Las distintas aplicaciones permiten la creación de redes de comunicación personalizadas, nodos de opinión, fuentes distribuidas de información, herramientas de gestión para la curación de contenidos, publicación y creación de productos creativos de lo que se aprende.

 

Esto es así hasta el punto que el tan deseado objetivo de “aprender a aprender a lo largo de toda la vida” –tan necesario para nuestros alumnos en un mundo que cambia a la velocidad de la luz- va asociado de forma íntima a que sean capaces de construir, a lo largo de los años, un Entorno Personal de Aprendizaje (PLE) que en definitiva no es otra cosa que el circuito por el que toda esa posibilidad de aprendizaje se produzca en función de las personales necesidades de cada individuo.

 

El PLE se convierte así en un soporte transparente por el que circula el aprendizaje. Lo relevante no es tanto el conjunto de aplicaciones que lo hacen posible; es más, para cada persona será distinto. Lo relevante será la capacidad de buscar aquellas informaciones que son de interés para el aprendiz. La habilidad en la gestión de las relaciones, la empatía, el análisis crítico, la creatividad, la capacidad de seleccionar, categorizar, organizar el pensamiento, las acciones y relacionar todo esto con el mundo real que habita y sus necesidades.

 

Cuando los planes de formación de docente se centraban en aprender a manejar la tecnología se equivocaban. Lo importante es qué se hace con ella. Con el asunto de la innovación educativa está sucediendo algo similar.

 

Desde hace algunos años asistimos a una carrera espectacular en busca de la innovación en educación. Decenas de proyectos aparecen en las noticias como los que protagonizarán el cambio en la enseñanza. Si te detienes a leer el primer párrafo del titular de la noticia, o el tuit que lo hace viral, el protagonista normalmente es la aplicación tecnológica que utiliza.

 

Desgraciadamente la innovación –a día de hoy- está íntimamente ligada a la tecnología y es un grave error. Lo que hace innovadora u

 

na práctica es la reflexión que provoca sobre el papel del docente y del alumno, la inclusión de la comunidad y la capacidad de romper las barreras entre lo formal y no formal en educación. Su capacidad para mejorar la comprensión profunda del contenido del aprendizaje, su capacidad de cambiar a las personas que aprenden consiguiendo que los contenidos conecten con sus vidas y la realidad que habitan. El efecto que tiene en ellos la práctica innovadora para cambiarlos como personas que se interrogan y gracias a esas nuevas preguntas se sumergen en una forma de ver sus vidas ligada íntimamente al aprendizaje.

 

La innovación se compromete más con explorar las preguntas que inquietan día a día al docente y al alumno que con el soporte que utilizan para responderlas. Sin duda la tecnología está presente desde el minuto uno en la innovación –al igual que de forma permanente llevas el mundo en tu bolsillo gracias a tu teléfono móvil- pero lo importante no son ellas. Es urgente hacer transparente la tecnología en la innovación y centrar el interés en lo que hace realmente necesario cambiar la educación: las personas que la protagonizan.

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