© Juanjo Vergara.

A vueltas con los deberes, los problemas y el esfuerzo

26 Nov 2016

 

[Publicado en Periódico Escuela Noviembre 2016]

 

Hace pocas semanas bromeaba con un compañero –profesor de matemáticas en ESO- a cuentas de la poca ilusión que sus alumnos mostraban con una materia tan apasionante como la suya. “¡Pero como va a gustar a un alumno una asignatura en la que todos los días le dices que le vas a poner un problema!”.

 

Como pueden suponer el comentario no pretendía cuestionar, en absoluto, las matemáticas. Lo hacía de muchas de las rutinas heredadas en la enseñanza tradicional que han llegado a invadir el lenguaje cotidiano de las aulas hasta el punto que nombrarlas condiciona totalmente la actividad que esconde. Son “palabras-tortura” y describen “rutinas-tortura”.

 

Creo que no seré tachado de excéntrico si les digo que no me gusta que me pongan problemas en la vida. Mucho menos que lo hagan a diario. Sin embargo los retos me estimulan.

 

Curiosamente los videojuegos –en su práctica totalidad- se basan en escenarios retadores para el jugador. En la mayoría de las ocasiones exigen un alto nivel de aprendizaje para poder vivir la experiencia que proponen. El número de horas de exposición a ellos es elevada. Los jugadores saben perfectamente que necesitan entrenarse en su funcionamiento para mejorar su experiencia en ellos. Pensemos –por ejemplo- en Until Down; un videojuego de género que nos sumerge en un escenario de terror en el que cada decisión condiciona sucesos que construyen una historia única.

 

Ciertamente los juegos reúnen algunas características interesantes para mi colega matemático: incitan a la resolución de problemas, entrenan en rutinas de aprendizaje, su realización implica dedicación, tiempo y esfuerzo. Entonces…. ¿en que se diferencian de los deberes escolares?

 

El primero –y más llamativo- es que nadie dice que “va a hacer los deberes” cuando conecta el ordenador para jugar. Tampoco dicen que deben resolver un problema o asocian el esfuerzo -que tendrán que realizar para enfrentar el reto que les plantea- a un estado de ánimo indeseado o tedioso.

 

Podríamos hablar mucho sobre qué tienen los juegos que no tengan los deberes, pero en este reducido espacio me referiré a dos:

 

¿Alguno de ustedes lee las instrucciones de un videojuego antes de empezar a utilizarlo?. Una de las características que tiene el aprendizaje de los juegos es que están diseñados para que el aprendizaje se produzca dentro del propio juego. El jugador va aprendiendo desde la propia práctica de jugar.


Esta es una gran diferencia con el modelo de enseñanza tradicional que divide artificialmente entre lo que se aprende y lo que se entrena. Según esta lógica tradicional el aprendizaje se desarrolla en la escuela y el entrenamiento en casa en forma de “deberes” escolares. Pero esto no tiene por qué ser así.

 

La segunda gran diferencia con los videojuegos es que estos sumergen al jugador en una experiencia. Diseñan un escenario que sirve a un continuo narrativo en el que los retos van asociados a estímulos placenteros, sorpresas y –en la mayoría de los casos- relaciones con otros jugadores directamente o por la pertenencia a una comunidad de fans. El esfuerzo está asociado profundamente al placer; nada más alejado del concepto de esfuerzo que se realiza desde la enseñanza tradicional.

 

El debate sobre los deberes escolares es necesario. Pero sin duda no como objeto de regulación, defensa o supresión.

 

Es totalmente lógico que las familias exijan respeto a su tiempo compartido. Tienen razón. Sin embargo creo que el elemento fundamental en este asunto es defender la necesidad de cambiar el modelo y la forma de entender cómo se produce el aprendizaje y qué papel juegan docentes, familias y toda la comunidad para facilitarlo.

 

Nuestros jóvenes –y nosotros mismos- aprendemos veinticuatro horas al día y lo hacemos como vivimos: en comunidad. El aprendizaje debe producirse en ese contexto: “aprender jugando” o lo que es lo mismo viviendo. No tiene sentido alojar el aprendizaje en las escuelas y el entrenamiento de lo aprendido en las familias con el adjetivo de “deberes escolares”.

 

Sin duda la solución al reto que nos planteamos –en relación a los deberes escolares- no está en un asunto de cantidad. Más bien entender que el aprendizaje se produce en la comunidad y  no solo en las escuelas. Las comunidades que educan no imponen deberes, producen experiencias de aprendizaje todos y todo el tiempo.

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