© Juanjo Vergara.

Solo es posible educar para vivir viviendo

28 Jun 2017

 

 

 

 

 

[Publicado en Periodico Escuela junio 2017]

 

Acabo de llegar de Marruecos junto a un grupo de educadores en formación con el que he convivido algo más de una semana de aprendizaje auténtico. El proyecto me lleva acompañando siete cursos y ha llevado a viajar a algunas poblaciones Amasigth del valle del Teassout –en el centro del Átlas- con distintos grupos de educadores para intervenir en algunas escuelas de la zona y conocer la dura realidad que viven quienes allí habitan en unas condiciones que a nuestros ojos se hace insoportable: sin servicios médicos, agua potable, pobreza extrema y una terrible situación de discriminación por razones de género.

 

La idea es sencilla. Con ella me comprometo desde hace décadas en que me dedico a formar docentes: “Solo es posible educar, educando. Solo es posible educar para vivir, viviendo”.

 

Formar educadores no se aprende solo en los libros. La razón por la cual un maestro es excepcional y conecta con sus alumnos es impredecible. Lo único que sabemos es que tiene que ver con que ha desarrollado una capacidad fundamental para educar: La Escucha.

 

Aquel maestro que recuerdas con cariño de tu escolaridad y que tanto te enseñó, sabía conectar contigo. Sabía leer lo que necesitabas, tu estado de ánimo, cuándo no entendías algo o que lo que estaba contando no te interesaba demasiado. También sabía hacer que tu fueras el protagonista de su clase. Te sentías escuchado.

 

Desarrollar la escucha educativa tiene que ver con ser capaz de implicarte vitalmente con la experiencia de aprendizaje que estás liderando como docente: “Solo desde la emoción puedes emocionar”.

 

Hace décadas tengo claro que la profesión docente solo puede aprenderse desde la práctica. Desde la emoción. Desde la piel. Esto me ha llevado a incorporar progresivamente proyectos y más proyectos que sitúan a los educadores en formación en experiencias reales de lo que será su profesión. Para hacerlo he ido buscando establecer una red de centros amigos que permiten que esta situación se dé. También incorporar el territorio al itinerario formativo e integrar el viaje como algo formativo: conocer centros, ciudades, colectivos, redes profesionales, intercambios …

 

Uno de ellos es el proyecto “El Péndulo de Ifoulou” (https://www.juanjovergara.com/pendulo). Este año en la retina de una treintena de educadores en formación se ha estabilizado una realidad emocionante. Saben que quieren dedicarse a la educación. También saben que –como decía Freire- la educación no es la que cambiará el mundo, pero puede dibujar miradas en las personas que sí lo harán.

 

A lo largo del viaje, un diario colectivo viaja de mano en mano para quién tiene necesidad de compartir sus vivencias. Hoy está disponible en la web del proyecto.

 

“De este viaje he aprendido a valorar las cosas, los detalles, las conversaciones, los silencios, los paisajes, las personas, las miradas limpias e inocentes, las sonrisas con pocos dientes pero os aseguro que son las mas bonitas que se ven en la vida.

Aprendes el verdadero valor de las cosas, de los días, de la felicidad. El verdadero valor de la felicidad, de tu felicidad, está en saberse poner las gafas adecuadas cada día y veremos que lo malo no es tan mal, que lo pobre no es tan pobre y que lo rico no es tan rico.

La felicidad es una actitud y todo depende de uno mismo”

 

“En este viaje he tenido la oportunidad de crecer, conocerme, mimarme y cuidarme. Algo que antes de venir aquí no hacía.

He tenido momentos de angustia (…) el ver que no puedes hacer nada, como educadora para evitar que ocurran estas cosas (niños, higiene, salud, prevención …)

Estoy deseando analizar todo cuándo vuelva a casa y darle verdadero sentido a mi vida”.

 

Sin duda el reto que han vivido estos educadores en formación tiene que ver con trabajarse como personas. Con entender que la educación es un acto de compromiso que tiene poco que ver con la transmisión de contenidos y sí con la construcción de las personas en la realidad. Difícilmente puede conseguirse esto en aulas cerradas a la realidad y situadas en el espacio de confort que tradicionalmente habita la escuela. Hace algunos meses viajaba, con otro grupo de educadores en formación, a un barrio socioeconómicamente deprimido de una ciudad española. Allí visitamos proyectos y compartimos espacios, vivencias e ideas con quienes lo habitaban. Tras la visita, mis alumnos participaban en un programa de radio. Una de las preguntas que el entrevistador les hizo, les interrogaba sobre su grado de satisfacción con el modelo de formación que estaban teniendo. El comentario de una educadora en formación fue emocionante: “Después de haber vivido en mi escolaridad obligatoria un modelo de enseñanza tradicional te tenido ocasión de comprobar que hay otra forma de aprender. Aprender desde la práctica y comprometidos con la realidad y las personas. Ahora no permitiría que nadie viniera a intentar obligarme a aprender como antes lo había hecho: devorando contenidos y luego vomitándolos en un examen”. Podéis imaginar lo emocionante que fue para mi escuchar esto.

 

 

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