© Juanjo Vergara.

¿En qué cambia el relato del aprendizaje el nuevo curso? (*)

13 Sep 2018

 [Publicado en Periódico Escuela Septiembre 2018]

 

Sumergirse en un nuevo curso debería ser una aventura emocionante. En unos casos son nuevos alumnos y docentes que no se conocían antes. En otros el reencuentro con los compañeros y compañeras del curso pasado dibuja una mirada de extrañeza. Todos hemos cambiado, algunos más altos, mas morenos, más mayores.

 

Tras los primeros saludos los alumnos se sitúan en los pupitres, abren sus agendas y esperan al nuevo tutor de su grupo con pocas esperanzas de que algo cambie significativamente en relación a la rutina que vivieron, día tras día, el curso pasado.

 

Sin duda les gustaría que algo cambiara. Que la película comenzara con un sorprendente suceso que les sumergiera en una aventura de ritmo trepidante. Una aventura en la que ellos fueran los protagonistas. Sin embargo esto no suele suceder. El nuevo tutor les explica lo interesante que será el nuevo curso y el gran esfuerzo que tendrán que hacer este año. Las normas de funcionamiento, la lista de profesores, los libros que se utilizarán, etc.

 

Algunos docentes –los más cercanos- comienzan las clases invitando a compartir las vivencias del verano que ha terminado. Compartirlas dibuja el “punto y final” al periodo de ocio. A partir de este momento debemos trabajar duro: está comenzando un nuevo curso.

 

Este panorama es bastante parecido al que vivieron los docentes algunos días antes cuando llegaron de las vacaciones. El inicio de curso es protagonizado por un claustro en el que se detallan las nuevas normas de la administración educativa de turno, las exigencias de ratios, normas, horarios, reparto de materias, etc. También a ellos les gustaría llegar a su centro y vivir el nuevo curso como el inicio de una emocionante aventura en la que ellos son los protagonistas. La diferencia es que los docentes están mucho más resignados que los alumnos a comprobar que el relato del nuevo curso en nada difiere del de años anteriores.

 

Iniciar un proyecto educativo como el que ahora comienza debe suponer -para docentes y alumnos- convertirse en los protagonistas de un intenso relato. Que esto suceda depende de cómo pensemos que es posible que se produzca el aprendizaje en nuestras aulas.

 

Hoy sabemos que aprender no es solo un mero acto de entrenamiento intelectual. Aprendemos cuando establecemos un vínculo emocional con el contenido del aprendizaje, cuando nos implicamos física y activamente en el acto de aprender y que lo hacemos mejor cuando es una acción cooperativa. En definitiva, aprendemos cuando el contenido del aprendizaje habla de nosotros mismos, de nuestras vidas, de lo que nos rodea y nuestra necesidad de comprender mejor el mundo que habitamos y actuar sobre él.

 

Esto solo se consigue si la estructura que organiza la enseñanza atiende a una lógica narrativa. Aprendemos gracias a las historias. Son ellas las que nos invitan a reflexionar sobre nosotros mismos y se nos fijan en la memoria organizando buena parte de nuestra realidad.

 

Cuando alumnos y docentes llegan al centro educativo en septiembre pueden sentir que van a vivir el inicio de una gran aventura o bien que ingresan en una institución de la que nada sorprendente –emocionante- pueden esperar. La buena noticia es que se sabe mucho de cómo construir narraciones capaces de generar aprendizajes valiosos. La mala es que son escasos los docentes y alumnos que hoy pueden decir que acaban de comenzar una gran aventura en sus aulas.

 

 

(*) Juan José Vergara es autor del libro “Narrar el aprendizaje. La fuerza del relato en el aprendizaje basado en proyectos (ABP)”, Biblioteca de innovación educativa, S.M. (fecha de publicación octubre de 2018)

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