© Juanjo Vergara.

Lo intolerable como grasa del aprendizaje

10 Feb 2019

 

[Publicado en Periódico Escuela febrero 2018]

 

Hace poco más de una semana regresé de un viaje de diez días en el que –como tantas veces- tuve la fortuna de aprender yo tanto –o más- que el grupo de educadores en formación al que acompañaba.

 

La compañera que coordina la actividad desde hace años en el IES Barrio de Bilbao –Rocío Copete (@r_copete)- ya me lo había avisado: «Esto no te deja impasible». Y es verdad.

 

El destino era un pequeño centro Salesiano al oeste de Nueva Delhi, en Jhajjar regentado por una comunidad de seis personas que -en colaboración con una pequeña ONG llamada ItWillBe- ha montado una pequeña escuela en medio de más de cien empresas ladrilleras de esta zona de la India.

 

El paisaje alrededor es desolador. La espesa niebla –que no levanta en todo el día- convive con la extrema aridez de un terreno en el que solo pueden verse una centena de chimeneas en las que incesantemente se cuecen los miles de ladrillos que familias enteras hacen con sus propias manos de sol a sol por aproximadamente cuatro euros diarios.

 

A sus espaldas las viviendas dónde habitan no llegan al metro y medio de altura. Un habitáculo en el que duermen, familias enteras los ocho meses en que realizan este trabajo antes de volver a sus aldeas en distintos lugares del país.

Entrar en una ladrillera y compartir unas horas con estas familias es una experiencia que te cambia radicalmente: «Es la pobreza de la pobreza» –me decían antes de ir- y tenían razón.

 

Entre este centenar de chimeneas humeantes estuvimos compartiendo una ilusión. Cada día un pequeño autobús amarillo salía del centro Don Bosco de Jhajjar y recorría algunas de estas fábricas invitando a los niños y niñas a que pasaran el día en la escuela del centro. Algunos días eran 80 otros 200 los que se amontonaban entre los asientos y pasillos el pequeño recorrido que les llevaba a un espacio educativo.

 

Allí tres maestras reciben a los niños y desarrollan sus clases ajenas a la tragedia que se vive fuera de esos muros. Pero también felices de saber que han rescatado un día más a esos niños del trabajo infantil. Los niños llegan con sus platos de metal. Saben que tras la escuela, recibirán una comida en el centro. Quizá sea la única que tengan en el día. No es de extrañar que ningún niño se separe ni un milímetro de su plato en toda la mañana.

 

Allí llegamos con un grupo de educadores en formación para apoyar el trabajo educativo que estos héroes y heroínas de la educación realizan de forma discreta cada día. El objetivo –como en tantos viajes- era aprender más que enseñar. Los educadores pudieron cargar en sus mochilas del aprendizaje decanas de experiencias. Pero sobre todo una mirada que espero no se nos borre nunca. Una mirada necesaria también aquí en este mundo aséptico y en el que la injusticia parece estar mucho más maquillada pero no por ello es menos intolerable.

 

De regreso a Madrid es inevitable pensar que ayer no fue el último día de esa experiencia de aprendizaje; sino la primera. La que puede cambiar la mirada de un buen grupo de docentes que lo serán muchos años y con una labor necesaria: educar para construir un mundo habitable.

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