© Juanjo Vergara.

No pienses en un elefante

14 May 2019

 

Hace alguna década me encontré con un libro cuyo título me sedujo especialmente: «No pienses en un elefante». Era de George Lakoff y se traducía al castellano tras una arrasadora avalancha de ventas y críticas entre sociólogos, politólogos y ávidos de miradas frescas sobre la realidad que habitamos. Sobre estos últimos me gusta incluirme, pero no voy a hablar ahora de un libro que está a punto de llegar a la adolescencia.

 

Hace unas semanas —días antes de las elecciones nacionales— leí un artículo que comenzaba con una frase: «nadie ha ganado nunca unas elecciones si no ha contado una buena historia». Aquella me recordaba la idea de Lakoff sobre las metáforas tanto como las historias que protagonizan mi trabajo en la actualidad: las historias que construyen el aprendizaje.

 

Lakoff habla de muchas e interesantes cosas. Entre ellas dibuja el concepto de metáfora con un valor instrumental. Es algo que nos sirve para estructurar conceptos a partir de otros. Esto se hace gracias a que evoca nuestra experiencia directa con el mundo. Para Lakoff una metáfora explica el mundo en la medida que es capaz de hacerlo con nuestras propias experiencias vitales. De ello se sirven políticos, publicistas y cuentistas. Efectivamente no es posible ganar unas elecciones sin una buena historia que explique tu realidad cotidiana. Tampoco lo es aprender sin un relato que invite a empoderar tu habitar en el mundo que te rodea.

 

Es curioso como el cerebro enlaza ideas para ensamblar un relato que organiza tu mundo. Y esto me sucede a mi: hace un par de meses publicaba un libro sobre educación que conecta con estas ideas: «Narrar el aprendizaje: la fuerza del relato en el aprendizaje basado en proyectos». En él hablo de educación. De cómo hacer educación comprometida con los proyectos vitales. El aprendizaje basado en proyectos.

 

Allí defendía una idea que me obsesiona. Siempre nos han dicho que aprendemos gracias a que somos seres racionales. Esto sin duda es cierto, pero quizá no la razón ultima por la que se produce el aprendizaje.

 

Aprendemos cuando el contenido de lo que tratamos habla de nosotros. Solo cuando esto es así, es posible que se produzca el aprendizaje.

 

No conozco a nadie que haya aprendido un idioma nuevo porque le parezca un ejercicio interesante. Tampoco quién aprendiera a manejar un coche por curiosidad. Lo hacían porque querían viajar, conocer nuevas personas, paisajes, etc. Lo que querían hacer al aprender era poder utilizar estos nuevos contenidos para sus intereses vitales.

 

Solo queremos aprender cosas que son útiles. Y esto sucede porque lo que aprendemos habla de nosotros. De nuestra realidad concreta, de nuestras necesidades vitales, de nuestros amigos, familias, trabajo, comunidad. También de nuestros deseos, nuestro proyecto vital, nuestras parejas, sueños, etc.

 

Aprendemos cuando el contenido del aprendizaje habla de nosotros mismos como las metáforas que nos sirven para explicar el mundo impactan en nosotros en la medida que hablan de nosotros mismos. Esto solo es posible gracias a las historias.

 

Somos depredadores de historias. Esta es una frase que empleo, una y otra vez, en el libro «Narrar el aprendizaje». Solo construyendo historias que impliquen a los alumnos como protagonistas directos de su aprendizaje será posible que se produzca la magia de enseñar. Esta que perseguimos curso tras curso con cada alumno y solo en algunas ocasiones conseguimos.

 

Somos depredadores de historias de aprendizaje. Nuestra labor como docentes es conseguir que los alumnos comprendan que los contenidos —el currículo— habla de ellos. De su cuerpo, de sus amistades, sus familias, su mundo, la realidad que habitan y su futuro inmediato. La buena noticia es que sabemos mucho de cómo construir buenas historias. La mala es que los sistemas educativos se obstinan en construir una enseñanza alejada de las metáforas y las narraciones.

 

Menos mal que los docentes sabemos qué necesitan nuestros alumnos. Aquellos que veremos mañana a las 8.30 de la mañana cuando comencemos la jornada escolar. Una jornada escolar que sabemos necesita de historias de aprendizaje auténtica.

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